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17 de julio de 2012

La tristeza, tu enemigo mortal

Muchos de nosotros hemos visto la aflicción y la tristeza como parte tan natural de la vida que ni siquiera nos hemos preguntado si debe ser así. En efecto, si somos sinceros, tenemos que admitir que hay veces cuando en realidad queremos sentir lástima y tristeza por nosotros mismos.
¿Por qué optamos por la tristeza? Porque la tristeza produce cierta satisfacción emotiva. Ofrece una oleada de sentimientos que, al principio, son casi embriagadores.
Pero la aflicción y la tristeza son cosas peligrosas. Hace varios años, Dios me mostró que la tristeza y la aflicción no son los sentimientos inocentes que creemos que son. Las fuerzas tras estos sentimientos son en realidad seres espirituales enviados por el mismo diablo para matar, hurtar y destruir.
Son parte del bombardeo devastador y satánico que Jesús llevó sobre Él cuando murió en la cruz (Isaías 53). Él experimentó el dolor y el quebranto para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. Si vienen a tocar a tu puerta, recuerda que no son sentimientos inocentes, sino que son enemigos mortales que Jesús ya venció en el Calvario.
No vivas como los que no tienen esperanza. Usted es creyente. Sabe que Jesucristo murió por usted y resucitó. Eso no sólo le da esperanza en lo que concierne a la muerte física, sino que le da esperanza en toda situación. ¡No se entristezca!
Dios dice: «Yo, sí, yo soy quien te consuela. Entonces, ¿por qué les temes a simples seres humanos que se marchitan como la hierba y desaparecen? Sin embargo, has olvidado al Señor, tu Creador, el que extendió el cielo como un dosel y puso los cimientos de la tierra. ¿Vivirás en constante terror de los opresores humanos? ¿Seguirás temiendo el enojo de tus enemigos? ¿Dónde están ahora su furia y su enojo? ¡Han desaparecido! Pronto quedarán libres los cautivos. ¡La prisión, el hambre y la muerte no serán su destino! Pues yo soy el Señor tu Dios, que agito el mar haciendo que rujan las olas. Mi nombre es Señor de los Ejércitos Celestiales. Y he puesto mis palabras en tu boca y te he escondido a salvo dentro de mi mano. Yo extendí el cielo como un dosel y puse los cimientos de la tierra. Yo soy el que le dice a Israel: “¡Tú eres mi pueblo!”». Isaías 51:12-16

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