Identificarnos con lo que sentimos en cada momento es algo opcional. Un error fácil de cometer es que cuando nos sentimos bien, nos vemos de forma positiva, mientras que cuando nos sentimos mal, nos vemos de forma negativa.
Sin embargo, esa es una percepción ilusoria. La naturaleza de nuestra mente es variable y así también lo son los sentimientos que se generan en el interior.
Tenemos que tener muy claro que todos estos sentimientos no son la realidad de lo que somos. Esto nos permite desapegarnos de los sentimientos. Los sentimientos es el reflejo de lo que piensas, y esta es la disfunción básica, la identidad con la mente.
Con conocimiento espiritual entendemos y aceptamos que somos seres espirituales, creados a la imagen y semejanza de Dios y por tanto nuestra naturaleza verdadera es de amor, paz y armonía. Esta realidad del ser espiritual podemos experimentarla una vez hallamos nacidos de nuevo (Juan 3:4-7) y a través de nuestra comunión con Dios al meditar en su palabra (Salmo 1).
A medida que ganamos experiencia sobre nuestra verdadera naturaleza, ya que somos una nueva creación en Cristo Jesús, también tendremos comunión con los sentimientos puros y originales de Dios.
Este proceso es esencial para darnos cuenta de que los sentimientos negativos no vienen de mi verdadera naturaleza sino de tendencias adquiridas y de experiencias del pasado, provenientes de mi vieja naturaleza.
Solo a través de nuestra comunión con la verdad podremos ser libres de esos pensamientos inoficiosos y vagos. Y con la constancia (Isaías 26:3) de esta práctica vamos aprendiendo el arte de desapegarnos de la naturaleza egoísta del pecado y de sus propios sentimientos negativos, y así nos dispondremos para dirigir, con la voluntad, nuestra mente hacia los pensamientos poderosos están en el espíritu. Esto nos permitirá cambiar la calidad de nuestros sentimientos.
Practicar continuamente nuestra comunión con Dios, tal como lo dijo Jesús en Juan 14:6, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”, de esta manera y gradualmente, el alma va recuperando su soberanía interior. La paz y la estabilidad se hacen presentes y constantes en nuestras vidas.
Jesús dijo:
"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo". Juan 14:27.
"Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo". Juan 16:33.
"Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros". Juan 20:19.
Tenemos que tener muy claro que todos estos sentimientos no son la realidad de lo que somos. Esto nos permite desapegarnos de los sentimientos. Los sentimientos es el reflejo de lo que piensas, y esta es la disfunción básica, la identidad con la mente.
Con conocimiento espiritual entendemos y aceptamos que somos seres espirituales, creados a la imagen y semejanza de Dios y por tanto nuestra naturaleza verdadera es de amor, paz y armonía. Esta realidad del ser espiritual podemos experimentarla una vez hallamos nacidos de nuevo (Juan 3:4-7) y a través de nuestra comunión con Dios al meditar en su palabra (Salmo 1).
A medida que ganamos experiencia sobre nuestra verdadera naturaleza, ya que somos una nueva creación en Cristo Jesús, también tendremos comunión con los sentimientos puros y originales de Dios.
Este proceso es esencial para darnos cuenta de que los sentimientos negativos no vienen de mi verdadera naturaleza sino de tendencias adquiridas y de experiencias del pasado, provenientes de mi vieja naturaleza.
Solo a través de nuestra comunión con la verdad podremos ser libres de esos pensamientos inoficiosos y vagos. Y con la constancia (Isaías 26:3) de esta práctica vamos aprendiendo el arte de desapegarnos de la naturaleza egoísta del pecado y de sus propios sentimientos negativos, y así nos dispondremos para dirigir, con la voluntad, nuestra mente hacia los pensamientos poderosos están en el espíritu. Esto nos permitirá cambiar la calidad de nuestros sentimientos.
Practicar continuamente nuestra comunión con Dios, tal como lo dijo Jesús en Juan 14:6, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”, de esta manera y gradualmente, el alma va recuperando su soberanía interior. La paz y la estabilidad se hacen presentes y constantes en nuestras vidas.
Jesús dijo:
"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo". Juan 14:27.
"Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo". Juan 16:33.
"Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros". Juan 20:19.
